Segunda entrega de La corona de oráculo, una trilogía Grimdark de Carlos di Urarte donde acompañaremos a Leo en sus desventuras hasta el cadalso.
«Un milagro», murmuraron las más devotas. «Una mierda de milagro», pensé yo.
Eloisa aguantó un día antes de morir por las heridas; Cristina, convertida en un despojo deforme y ennegrecido, sobrevivió con la mitad de su cuerpo quemado. El resto murieron en el acto. Fui el único que salió intacto.
Leo Vicar aguarda en El Cabracho las cuatro ejecuciones a las que fue condenado. Será eviscerado por cuervos, descoyuntado en un diablo de hierro, quemado en un toro de bronce y ahogado en agua marina.
Su ocasional compañía es Afonso Viniste, escriba de la corte de Torreones, encargado de transcribir el relato de sus blasfemias contra los trece mandamientos del Cristo Ahogado.
Mientras Afonso descubre cómo un hábito puede convertirse en mortaja, Theron Leal, inquisidor-procurador y rematador real, inicia una investigación que lo llevará a indagar en secretos incómodos de su fe.



